domingo, 21 de septiembre de 2014

La chica del Fondo

Hace un buen rato que no volvía a escribir con puño y letra, supongo que este motivo se debe a mi escapada vespertina de mis actividades cotidianas. Vine al FCE y me compré un libro de Efraín Huerta, no conozco nada de su obra y considero que es un buen momento para conocerla.
                Voy a la cafetería de la librería y me compro un café; me cuesta trabajo decidir por el tamaño pero por fin opto por el mediano. Afuera, en la algarabía de la calle, hay una orquesta tocando al son de la tarde antiguos boleros clásicos. La gente baila y se divierte. Se rumora que es un evento organizado por el ayuntamiento, lo cual me deprime un poco.
                En frente de mí hay una pareja de rubios, supongo que son gringos o canadienses. Busco mi café para tomar pero no lo encuentro, voy a la barra y ahí está esperándome tranquilamente; lo agarro y pregunto nada más para cerciórame que es mío. Lo es. Somos una especie muy rara; yo mismo, en particular, me hago raro a pasos agigantados, pero tengo que admitir que es satisfactorio. En sí, no me agrada (del todo) que cada día me haga más solitario, una preocupación que tiene modo de arreglarse. Lo único que no tiene solución es la muerte y pagar impuestos, dicen.
                Esta tarde me re-encuentro con mi pluma, mi pluma fuente. La veo moverse con soltura, sedienta por escribir algo más que derivadas parciales y conceptos económicos, mismos que han acaparado mi atención de los últimos días.
                El grupo de afuera para de tocar. Hoy terminé de leer Casa de Muñecas  de Henrik Ibsen y me pareció una obra bastante adelantada para la época, seguramente porque es nórdica. En la obra, la protagonista logra quitarse el ancla que lleva atada a una vida vacía pero con lujos que no le corresponden. En otras palabras, es una vida falsa. El desenlace es genial, deben leerlo.
                Me pongo a leer a Huerta mientras termino el café.
                La gente se marcha, debe ser por algo. Llevo una tercera parte de su poemario y, en general, me ha gustado. Voy definiendo mis gustos poéticos, no es tan difícil, sólo hay que darle tiempo y dedicación, la poesía (sola) se encarga de refinar los gustos de uno.
                Se marcha uno de los comensales dejando vacío un sillón que está a un lado de mi mesa. Me cambio de lugar. El sillón grisáceo es cómodo, me siento y me alegro. Además, tengo una mejor vista que antes: hay una chica justo en el sillón que está en frente de mí. Plan con maña, pienso. Sólo nos separa una mesita negra y nuestros respectivos libros. Está muy embebida en su lectura. Tiene pelo chino y parece que está cómoda así de recostada. No es guapa, pero se ve interesante. Tiene facciones bien definidas que le dan un aire de raza antigua. Parece lista y (creo que) ha notado que la observo a través del reflejo del vidrio que tenemos a un costado. Su reflejo en el cristal es sólo una apariencia de ella, no me fio al cien por cien, está invertida su figura. Sin más, los clientes se van marchando y la librería se torna cada vez más vacía. Afuera, el ambiente es de fiesta.
                Sus pantalones están rotos de una rodilla, llevan un parche el cual sospecho que así fue diseñado y fabricado, realmente no entiendo la moda de hacer ropa rota-vieja. La chica lleva un bolso verde esmeralda con cintas de cuero, es sencillo porque ella es sencilla. No usa lentes pero lleva dos aretes en la oreja izquierda, pequeños y discretos. No puedo ver bien sus rasgos faciales porque sería muy descarado de mi parte y podría incomodarla.
                Afuera la gente pasa sin mirar. Cada vez que volteo el paisaje es otro. Regreso la mirada y noto un collar pequeño, lo acaricia y a menudo muestra una sonrisa que se me antoja un poco coqueta, no sé si se deba a su lectura o porque acaba de percatarse que la estoy observando a escondidas. Es difícil esto. La conozco más por lo que escribo que por lo que estoy viendo enfrente de mí.
                Son las ocho cincuenta, están a punto de corrernos, pero ella y yo seguimos cada uno sentados en nuestros respectivos sillones. Está chapeteada, tal vez se asoleó el fin de semana pasado que hubo puente; pero es raro porque Odile, el viejo huracán, se encargó de mantener el poniente del país bajo las nubes. Apagan algunas luces, primer síntoma de clausura. Me pongo nervioso y noto que no quiero que esto acabe, pero, ¿por qué? No sé. Me acuerdo de mi compañera anónima de enfrente. Volteo a verla y se hunde aun más en el sillón, parece no importarle la hora, está más tranquila que yo. Me sudan las manos y ella se acomoda el pelo, acto insignificante pues está perfectamente peinada.

                Después de un rato logro descubrir qué está leyendo: La Peste de Camus. Espero que no se contamine demasiado con literatura existencialista. Es impresionante ver lo conectada que está con su lectura. Es hora. Nos corren. Me corren. Ella puede quedarse, pues su madre está arriba en una conferencia y el poli le deja permanecer un rato más. Me despido silenciosamente pero me temo que ella no se da cuenta.

jueves, 24 de abril de 2014

Y la Economía, ¿por qué?


Podríamos empezar por una pequeña definición sobre la economía, esto nos permite tener un panorama un poco más amplio y, así, entender el por qué de estudiar economía. Desde su concepción más básica la economía es “el estudio de la forma en que los individuos y las sociedades deciden usar los recursos escasos que la naturaleza y las generaciones anteriores proveen”. De este modo vemos que la economía es una ciencia madre, por llamarla de alguna manera. Hay quienes le achacan cuatro razones fundamentales para darle importancia, entre ellas: a) aprender una forma de pensar y ver a las sociedades; b) entender la sociedad en sí; c) comprender los asuntos mundiales; y d) ser un ciudadano informado. Considerando que la última de las razones representa la más importante, en términos generales, podríamos afirmar que la economía, queramos o no, es una ciencia que no puede pasar desapercibida por nadie. A todos nos compete vivir y nadie puede elegir entre estar y no estar en una sociedad determinada.
            El típico ejemplo que muchos economistas usan para demostrar o hacer una caricatura sobre la importancia de la economía es el del “imagina un día común y corriente”. A través de éste día “común y corriente” se genera una historia en la cual tú te levantas y automáticamente te envuelves en un ambiente inmerso en el mundo de la economía: te levantas de la cama y tomas agua de una marca internacional vertida en un vaso de vidrio manufacturado en Tlaquepaque, observas tu reloj que quizá fue ensamblado en un barco chino con piezas de algún otro país oriental, las piezas de ése reloj muy probablemente provengan de los recursos naturales de ciertas zonas de Sudamérica o África. Una vez habiendo carburado, te vistes con una sencilla camiseta de algodón que proviene de Luisiana y unos pantalones Levis que probablemente fueron maquilados en Guatemala o Taiwán. Bajas a desayunar y te quedas un tanto pensativo, pues debido a los bajos niveles de apetito, no sabes qué elegir; el menú de tu casa no es infinito, pero sí lo suficientemente amplio como para que la desidia invada por un rato: distintas marcas de cereales, frutas importadas, varios tipos de leches, huevo, yogures sin lactosa, etc., etc.
            De este modo con forme va avanzando el día, podemos observar que cada una de las acciones con las que estamos enfrentándonos a cada instante tienen un pequeño-gran vínculo con la actividad económica mundial a pequeña y gran escala. Los economistas tienen una forma muy chistosa de entender el mundo, todo puede interpretarse desde la razón. ¿Han oído hablar sobre el costo de oportunidad? El costo de oportunidad puede ser, para los economistas, una de las mejores alternativas que el ser humano puede utilizar para abandonar o dejar de hacer algo por tomar una elección o decisión distinta a la primera. Me explico. Hace algunos años me encontraba en mi clase de Teoría Macroeconómica y al profesor Nacho Román se le ocurrió un ejemplo bastante sencillo del cual me serviré para ser un poco más claro. Imaginémonos a Tiger Woods o a cualquier otro artista o persona famosa. A ésta persona le fascina subirse a su cortadora de pasto (o tractor de césped) disfrazándose de jardinero en sus grandes hectáreas que tiene en su mansión. Un buen domingo soleado se despierta con la intención de cortar el pasto, pero se acuerda que ese mismo día tiene un evento muy importante que le hará generar algunos varios miles de dólares. Después de pensarlo un rato opta por su día como jardinero y no obtiene el dinero del evento. Bajo esta situación podríamos afirmar que la mejor alternativa era la de asistir al evento y ganar un dinero extra, pero al abandonar ésta situación (óptima) y elegir la otra generamos un costo de oportunidad muy grande. En ese sentido, el costo de oportunidad de Tiger Woods de no ir a su evento dominical por cortar el césped puede medirse en varios miles de dólares, y no sólo en eso sino en todo lo que Woods pudo haber hecho y dejo de hacer por cortar el pasto. De aquí podemos quedarnos con la idea de que cada acción que dejamos de tomar tiene un costo o una serie de repercusiones futuras la cual llamamos costo de oportunidad. Por ende, el análisis económico se concentra en el proceso de la toma de decisiones lo cual nos permite pensar en la economía como una ciencia meramente social.


sábado, 11 de enero de 2014

Estudiando el nihilismo

Hace algunos meses opté por escribir virtualmente, en pocas palabras: me adentré un poco más en el etereo mundo del cyberespacio. No tenía un objetivo claro (y aún no lo tengo) pero en aquél momento quise crear un espacio de expresión con la posibilidad de tener una cierta notoriedad.
Poco más de un año atrás me encontraba en Madrid en un diminuto piso leyendo un libro autobiográfico de Sartre llamado Las Palabras. En él, Sartre trata de plasmar una autoconcepción de cómo fue gestándose en él (mismo) el mundo de las letras. Mientras lo leía hubo una frase que me quedo grabada y hasta la fecha la recuerdo: "nunca escribí pensando en ser leído". ¡Qué maravilla, tiene toda la razón!
Sé que hay una contradicción enormísma en los dos anteriores párrafos que acabo de redactar, pero de algún modo se complementan y estoy sumamente dispuesto a recibir las críticas por ello. Uno no debe escribir con la finalidad de que otro lea lo ya escrito. Probablemente nadie lea estas líneas sin-sentido que ahora escribo pero a fin de cuentas no son mías. No me pertenecen en el fondo; son de cualquiera. Son tan tuyas como de cualquier persona que guste apropiárselas. Eso es lo que convierte a la escritura en una de las mejores vías para culturizar al ser humano.
Este pequeño "post" es simbólico y me ayuda a retomar lo que alguna vez empecé. Sin más, me iré a descansar sintiéndome satisfecho y con una ligera mueca en mi expresión, la cual puede leerse como un síntoma de júbilo.

Nota: si alguien tratase de comprender lo anterior, ni lo intente. Sugiero, en su contra, escuche la canción de "Shelter from the storm" de Dylan. Haciendo "click" en el siguiente vínculo accederán a ella: http://vimeo.com/51499272