Hace un buen rato que no volvía a
escribir con puño y letra, supongo que este motivo se debe a mi escapada
vespertina de mis actividades cotidianas. Vine al FCE y me compré un libro de
Efraín Huerta, no conozco nada de su obra y considero que es un buen momento para
conocerla.
Voy
a la cafetería de la librería y me compro un café; me cuesta trabajo decidir por
el tamaño pero por fin opto por el mediano. Afuera, en la algarabía de la calle,
hay una orquesta tocando al son de la tarde antiguos boleros clásicos. La gente
baila y se divierte. Se rumora que es un evento organizado por el ayuntamiento,
lo cual me deprime un poco.
En
frente de mí hay una pareja de rubios, supongo que son gringos o canadienses. Busco
mi café para tomar pero no lo encuentro, voy a la barra y ahí está esperándome
tranquilamente; lo agarro y pregunto nada más para cerciórame que es mío. Lo es.
Somos una especie muy rara; yo mismo, en particular, me hago raro a pasos
agigantados, pero tengo que admitir que es satisfactorio. En sí, no me agrada
(del todo) que cada día me haga más solitario, una preocupación que tiene modo
de arreglarse. Lo único que no tiene solución es la muerte y pagar impuestos,
dicen.
Esta
tarde me re-encuentro con mi pluma, mi pluma fuente. La veo moverse con
soltura, sedienta por escribir algo más que derivadas parciales y conceptos
económicos, mismos que han acaparado mi atención de los últimos días.
El
grupo de afuera para de tocar. Hoy terminé de leer Casa de Muñecas de Henrik
Ibsen y me pareció una obra bastante adelantada para la época, seguramente
porque es nórdica. En la obra, la protagonista logra quitarse el ancla que lleva
atada a una vida vacía pero con lujos que no le corresponden. En otras
palabras, es una vida falsa. El desenlace es genial, deben leerlo.
Me
pongo a leer a Huerta mientras termino el café.
La
gente se marcha, debe ser por algo. Llevo una tercera parte de su poemario y,
en general, me ha gustado. Voy definiendo mis gustos poéticos, no es tan
difícil, sólo hay que darle tiempo y dedicación, la poesía (sola) se encarga de
refinar los gustos de uno.
Se
marcha uno de los comensales dejando vacío un sillón que está a un lado de mi
mesa. Me cambio de lugar. El sillón grisáceo es cómodo, me siento y me alegro.
Además, tengo una mejor vista que antes: hay una chica justo en el sillón que
está en frente de mí. Plan con maña, pienso. Sólo nos separa una mesita negra y
nuestros respectivos libros. Está muy embebida en su lectura. Tiene pelo chino
y parece que está cómoda así de recostada. No es guapa, pero se ve interesante.
Tiene facciones bien definidas que le dan un aire de raza antigua. Parece lista
y (creo que) ha notado que la observo a través del reflejo del vidrio que
tenemos a un costado. Su reflejo en el cristal es sólo una apariencia de ella,
no me fio al cien por cien, está invertida su figura. Sin más, los clientes se
van marchando y la librería se torna cada vez más vacía. Afuera, el ambiente es
de fiesta.
Sus
pantalones están rotos de una rodilla, llevan un parche el cual sospecho que
así fue diseñado y fabricado, realmente no entiendo la moda de hacer ropa
rota-vieja. La chica lleva un bolso verde esmeralda con cintas de cuero, es
sencillo porque ella es sencilla. No usa lentes pero lleva dos aretes en la
oreja izquierda, pequeños y discretos. No puedo ver bien sus rasgos faciales
porque sería muy descarado de mi parte y podría incomodarla.
Afuera
la gente pasa sin mirar. Cada vez que volteo el paisaje es otro. Regreso la
mirada y noto un collar pequeño, lo acaricia y a menudo muestra una sonrisa que
se me antoja un poco coqueta, no sé si se deba a su lectura o porque acaba de
percatarse que la estoy observando a escondidas. Es difícil esto. La conozco
más por lo que escribo que por lo que estoy viendo enfrente de mí.
Son
las ocho cincuenta, están a punto de corrernos, pero ella y yo seguimos cada
uno sentados en nuestros respectivos sillones. Está chapeteada, tal vez se
asoleó el fin de semana pasado que hubo puente; pero es raro porque Odile, el viejo huracán, se encargó de
mantener el poniente del país bajo las nubes. Apagan algunas luces, primer
síntoma de clausura. Me pongo nervioso y noto que no quiero que esto acabe,
pero, ¿por qué? No sé. Me acuerdo de mi compañera anónima de enfrente. Volteo a
verla y se hunde aun más en el sillón, parece no importarle la hora, está más
tranquila que yo. Me sudan las manos y ella se acomoda el pelo, acto
insignificante pues está perfectamente peinada.
Después
de un rato logro descubrir qué está leyendo: La Peste de Camus. Espero que no se contamine demasiado con
literatura existencialista. Es impresionante ver lo conectada que está con su
lectura. Es hora. Nos corren. Me corren. Ella puede quedarse, pues su madre
está arriba en una conferencia y el poli le deja permanecer un rato más. Me
despido silenciosamente pero me temo que ella no se da cuenta.